Para la educación en derechos humanos, el rol de profesoras y profesores es fundamental. Lamentablemente, la manera en que se ejerce ese rol no funciona de manera independiente a toda la gran maquinaria educativa que implica desde el gobierno hasta la dirección de cada escuela.
Como en cualquier institución, los cambios surgen desde las personas, no desde las políticas específicas, sin embargo, para que los cambios puedan surgir es necesaria una red de apoyo a las ideas que en la mayoría de los contextos escolares no existe.
Como indica Abraham Magendzo, en la mayoría de los espacios educativos, “la educación en general está llamada a “esclarecer”, “clarificar”, “ilustrar” y “entregar competencias” para lidiar con el mundo. La educación en derechos humanos debe hacer esto en referencia a los problemas y situaciones de violación a derechos que los alumnos y alumnas enfrentan en su cotidianeidad.”[1]
La política educativa chilena, orientada al logro y a la competitividad, no tiene como objetivo una educación en valores enfocada en lograr que niñas y niños ejerzan a futuro una ciudadanía activa. Ante esto, el IIDH indica que “preocupa la tendencia a la privatización de la educación, que afecta el derecho a la gratuidad de la educación obligatoria y se percibe en especial en el nivel medio de algunos países. En Chile, por ejemplo, en los últimos años esta situación tiene mucha visibilidad e impacto y ha sido colocada en medio de la movilización social y reclamo por parte del estudiantado secundario.”[2] De todas maneras, es indudable que la educación en derechos humanos se trabaja a partir de diferentes acciones desde los noventa.
El currículum chileno tiene contenidos relacionados a la educación en derechos humanos, pero ésta no existe como tal, sino que se trabaja a partir de otras materias, con contenidos específicos. Por ejemplo, en enseñanza media la asignatura de historia enseña a las nuevas generaciones lo sucedido con las violaciones sistemáticas ocurridas durante la dictadura militar en Chile, siendo un importante complemento el trabajo que realizan las organizaciones de educación no formal como museos o sitios de memoria: El Museo de la Memoria o Londres 38, desarrollando una pedagogía de la memoria con enfoque participativo, o Villa Grimaldi, centro que promueve una cultura por la paz, promocionando una cultura de los derechos humanos como principios básicos de una verdadera democracia.[3] Otros ejemplos son cómo los derechos sexuales y reproductivos de jóvenes se trabajan en las asignaturas de biología u orientación, de una manera superficial y de acuerdo a las restricciones de cada establecimiento, pese a que la Ley 20.418 indica que “toda persona tiene derecho a recibir educación, información y orientación en materia de regulación de la fertilidad, en forma clara, comprensible, completa y, en su caso, confidencial”[4], o como la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres se trabaja desde la asignatura de historia y ciencias sociales reconociendo a personajes destacados o analizando roles tradicionales, pero sin un contenido que sea transversal a todas las asignaturas. Contenidos como la desigualdad social y la pobreza son trabajados en la enseñanza básica a partir también de la asignatura de historia y ciencias sociales. La realidad chilena, desde la planificación estatal, está muy alejada de lo que la educación en derechos humanos requiere.
Para que el derecho a la educación que exigen las normativas internacionales se cumpla ─y ante las cuales nuestros países se han comprometido─ es fundamental que los contenidos de la educación en derechos humanos estén presentes en todos los ambientes educativos, es decir, significaría que desde las políticas educativas estatales se definiera que el principal objetivo de la educación ─de toda la educación, principalmente primaria y secundaria─ es “construir sociedades donde no se atropelle la dignidad humana” (IIDH). Ante eso, Rosa María Mujica nos indica que “ninguna propuesta de desarrollo, en general, o educativa, en particular, ha estado permeada por una visión o proyección humana de los derechos humanos.”[5]
Como menciona Ana María Rodino citando al IIDH, la educación es el derecho que permite que todos los demás derechos se cumplan, una condición para el ejercicio efectivo de todos los derechos humanos. En ello, la educación en derechos humanos promueve un ambiente democrático que garantice la paz y la participación de todas las comunidades: “El reto es propiciar en las instituciones del Estado y en todos los ámbitos de la sociedad, el surgimiento de una nueva cultura basada en el respeto a los derechos humanos, que tendrá como centro la dignidad y el valor de la persona y deberá orientarse hacia el cultivo y desarrollo de la solidaridad, como principio universal de convivencia humana, lo que implicaría superar todas las formas de discriminación e intolerancia.”[6]
Para pensar la escuela como un espacio destinado a la educación en derechos humanos, hacen falta muchos cambios formales y conceptuales de todo el contexto escolar, no solo de profesoras y profesores. Sin embargo, existen varias características de un espacio acorde a la educación en derechos humanos:
- Convertir la escuela en un espacio para la interacción, el debate y la diversidad de ideas, permitiendo la participación de cada estudiante en el contexto escolar, es fundamental para un clima educativo en el que los DDHH sean eje constructor de conocimiento, pues a través de la participación cada niño o niña protagoniza su aprendizaje, desarrolla la capacidad de reconocerse como sujeto de derechos y comprende la comunicación como fundamental para la vida social.
- Convertir la escuela en un espacio de reconocimiento de las diversidades humanas. Si la escuela logra educar para la diversidad y el respeto, se reconocerían los derechos propios y los de los demás con naturalidad.
- Pensar la escuela como un espacio seguro, libre de discriminación, sexismo, injusticia y violencia. En su construcción tradicional, la escuela reproduce la cultura y sus estereotipos, lo que significa que todas las estructuras jerárquicas que afectan a las personas existen también en las escuelas.
- Concebir la escuela como un espacio para aprender a resolver problemas de manera comunitaria, reforzando la importancia de vivir en sociedad y de que todas las personas pueden aportar socialmente, pues “las habilidades se relacionan con aquellas vinculadas a los procesos de autorreflexión y resolución de problemas, de modo de fortalecer la capacidad de tomar decisiones de manera autónoma, consciente y responsable”[7]
- Finalmente, imaginar la escuela como un espacio de distribución equitativo del poder. De manera muy alejada a la realidad, puesto que la escuela reproduce la cultura, este sería un ideal para la EDH, pues la distribución del poder, o de cómo cada persona puede tener poder frente a situaciones específicas, haría el ejercicio del poder más sano, menos violento y por ende, menos dañino.
Todas estas características son posibles de pensar desde el trabajo directo de cada profesor o profesora en el aula. Asimismo, para ello, es necesaria una serie de características de cada docente. Como Inés Lozano indica, son necesarias la práctica de la empatía, el dominio de los contenidos teóricos, las habilidades de comunicación, entre otras cualidades menos técnicas y más humanas, como la consideración con sus estudiantes, el respeto, entre otras.
Sin duda “la meta última de la educación en derechos humanos es construir sociedades donde no se atropelle la dignidad humana.”[8] Ante esto es posible preguntarse cómo pensar las escuelas con ese objetivo principal sin un cambio profundo en las políticas públicas. Creo que el rol de cada docente es fundamental para lograr cambios, sin embargo no se concentra exclusivamente en su trabajo la posibilidad real de llevar a cabo dichos cambios, de manera generalizada y no como experiencias aisladas.
[1] La educación en derechos humanos: reflexiones y retos para enfrentar un nuevo siglo. Abraham Magendzo.
[2] IIDH (2013) El Derecho a la Educación en Derechos Humanos en las Américas 2000 – 2013
[3] En http://villagrimaldi.cl/educacion/ consultado el 23 de julio de 2016.
[4] Ley 20.418. Diario Oficial de la República de Chile, Santiago, Chile, 12 de septiembre de 2009.
[5] Educación en derechos humanos y en democracia. Rosa María Mujica.
[6] Íbid.
[7] Currículum, convivencia escolar y calidad educativa. Abraham Magendzo.
[8] IIDH (2006). Propuesta curricular y metodológica para la incorporación de la educación en derechos humanos en la educación formal de niños y niñas entre 10 y 14 años de edad.
